¿Qué es la obesidad?

La obesidad es una enfermedad crónica que se caracteriza por la acumulación excesiva de grasa corporal, lo cual puede tener consecuencias negativas sobre la salud. No se trata solo de un aumento de peso, sino de un exceso de tejido adiposo que altera el funcionamiento normal del organismo.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), una persona presenta obesidad cuando su Índice de Masa Corporal (IMC), que se calcula dividiendo el peso en kilogramos entre la estatura en metros al cuadrado, es igual o superior a 30 kg/m². Por su parte, se considera sobrepeso cuando el IMC se encuentra entre 25 y 29,9 kg/m².

Causas

En la mayoría de los casos, la obesidad tiene un origen multifactorial, es decir, intervienen diversos elementos que actúan de forma conjunta. La causa principal suele ser un desequilibrio entre la cantidad de calorías que se consumen y las que se gastan a lo largo del tiempo.

Este desequilibrio está relacionado, en gran medida, con una alimentación basada en productos con alto contenido calórico, ricos en grasas y azúcares, junto con una reducción de la actividad física. El estilo de vida actual, caracterizado por trabajos sedentarios, el uso frecuente de medios de transporte y el crecimiento de las ciudades, favorece este problema.

Además, existen otros factores que pueden contribuir al desarrollo de la obesidad, como la predisposición genética, el uso de determinados medicamentos (por ejemplo, corticoides o algunos antidepresivos), alteraciones hormonales como el hipotiroidismo, el síndrome de ovario poliquístico o la enfermedad de Cushing. También influyen aspectos psicológicos como el estrés, la ansiedad, la falta de sueño, así como el entorno social y cultural en el que vive la persona.

Síntomas

La obesidad no debe considerarse únicamente como un problema estético ni como un simple exceso de peso. Es una enfermedad crónica y compleja que se caracteriza por una acumulación anormal de grasa corporal capaz de afectar a múltiples sistemas del organismo. Su impacto va más allá de la apariencia física, ya que puede disminuir la calidad de vida y aumentar de forma significativa el riesgo de desarrollar enfermedades graves e incluso de mortalidad prematura.

Aunque el aumento de peso suele ser el signo más visible, no todas las personas con sobrepeso presentan obesidad. El factor determinante desde el punto de vista médico es la cantidad y distribución de la grasa, especialmente cuando se concentra en la zona abdominal. Este tipo de grasa es metabólicamente activa y desencadena diversos procesos perjudiciales para la salud.

Uno de los primeros efectos del exceso de tejido adiposo es de tipo mecánico. La acumulación de grasa en el abdomen incrementa la presión dentro de la cavidad abdominal, lo que puede dificultar la respiración, sobre todo al acostarse o al realizar esfuerzos físicos. Asimismo, esta presión favorece la aparición de reflujo gastroesofágico, hernias y alteraciones del tránsito intestinal. Cuando la grasa se localiza en el cuello, puede estrechar las vías respiratorias superiores y contribuir al desarrollo de apnea obstructiva del sueño, un trastorno que deteriora el descanso nocturno y se asocia a somnolencia durante el día, problemas de concentración y mayor riesgo cardiovascular.

Desde el punto de vista metabólico, la obesidad —especialmente la obesidad abdominal— se relaciona con la resistencia a la insulina, un mecanismo central del llamado síndrome metabólico. Esta alteración aumenta la probabilidad de desarrollar diabetes tipo 2, hipertensión arterial y alteraciones del colesterol y los triglicéridos, factores que en conjunto elevan el riesgo de enfermedad cardiovascular. Además, el tejido adiposo produce sustancias inflamatorias que mantienen un estado de inflamación crónica de bajo grado, afectando a vasos sanguíneos, hígado y otros órganos.

El hígado es uno de los órganos más frecuentemente comprometidos. En personas con obesidad es habitual la aparición de esteatosis hepática no alcohólica, conocida comúnmente como “hígado graso”, considerada la manifestación hepática del síndrome metabólico. En fases avanzadas, esta condición puede evolucionar hacia fibrosis, cirrosis e incluso cáncer hepático.

En el sistema musculoesquelético, el exceso de peso provoca una mayor carga sobre las articulaciones, lo que acelera su desgaste, especialmente en rodillas, caderas y columna vertebral. Esto se traduce en un aumento de la artrosis, dolor persistente y limitación de la movilidad. Asimismo, la obesidad se asocia a una mayor frecuencia de gota, relacionada con niveles elevados de ácido úrico en sangre.

Otro aspecto relevante es el mayor riesgo de trombosis venosa profunda y embolia pulmonar, debido a la combinación de inflamación, alteraciones en la coagulación y menor movilidad, sobre todo en casos de obesidad severa.

Numerosos estudios han demostrado que la obesidad incrementa el riesgo de desarrollar determinados tipos de cáncer, especialmente los relacionados con factores hormonales, como el cáncer de mama y de endometrio, así como el cáncer colorrectal, de esófago y

de páncreas, entre otros. Este aumento del riesgo está vinculado tanto a mecanismos hormonales como a procesos inflamatorios crónicos.

Por último, es importante considerar las repercusiones psicológicas y sociales asociadas a la obesidad. Muchas personas que la padecen pueden experimentar alteraciones emocionales como ansiedad o depresión, así como una disminución de la autoestima. A esto se suma el estigma social y las situaciones de discriminación, que no solo afectan al bienestar emocional, sino que también pueden reforzar hábitos poco saludables y dificultar la búsqueda o continuidad del tratamiento. Además, son frecuentes los problemas de sueño, el cansancio persistente y una sensación general de malestar tanto físico como emocional.

En consecuencia, la obesidad debe entenderse y tratarse como una enfermedad compleja y de gran relevancia para la salud. Su abordaje requiere un enfoque integral y multidisciplinar, que vaya más allá del objetivo de bajar de peso. La prevención y el tratamiento deben orientarse a mejorar la salud global de la persona, reducir los factores de riesgo asociados y ofrecer un acompañamiento continuo que facilite cambios de hábitos sostenibles a largo plazo.

Diagnóstico

La obesidad es una enfermedad crónica y compleja que va más allá del aumento de peso. Sus efectos pueden repercutir en numerosos órganos y sistemas del cuerpo. Desde el punto de vista de la gastroenterología, es frecuente observar cómo el exceso de grasa corporal se asocia al desarrollo de patologías como la enfermedad hepática metabólica (hígado graso), el reflujo gastroesofágico, trastornos pancreáticos y un mayor riesgo de determinados cánceres del aparato digestivo.

El proceso diagnóstico de la obesidad se inicia habitualmente con el cálculo del IMC, que se obtiene al dividir el peso en kilogramos entre la altura en metros al cuadrado. Según este valor, se establecen las siguientes categorías:

  • Bajo peso. IMC < 18,5 kg/m²
  • Peso normal. IMC entre 18,5 y 24,9 kg/m²
  •  Sobrepeso. IMC entre 25 y 29,9 kg/m²
  • Obesidad. IMC ≥ 30 kg/m²

· Grado I: IMC 30–34,9 kg/m²

· Grado II: IMC 35–39,9 kg/m²

· Grado III: IMC ≥ 40 kg/m²

No obstante, el IMC tiene limitaciones importantes, ya que no diferencia entre masa muscular y masa grasa. Por ejemplo, una persona con gran desarrollo muscular puede presentar un IMC elevado y ser clasificada erróneamente como obesa, a pesar de tener un bajo porcentaje de grasa corporal y un perfil metabólico saludable. Por este motivo, el IMC no debe utilizarse como único criterio diagnóstico.

Para una valoración más completa, se recomienda complementar el estudio con otras herramientas, entre ellas:

  • Determinación del porcentaje de grasa corporal, mediante técnicas como la bioimpedancia, la plicometría o la densitometría DEXA, que permite analizar la composición corporal.
  • Medición del perímetro abdominal, un indicador clave de grasa visceral, que debería ser inferior a 102 cm en hombres y a 88 cm en mujeres.
  • Evaluación metabólica, incluyendo análisis de glucosa, perfil lipídico y pruebas de función hepática.
  • Valoración clínica integral, teniendo en cuenta el estado físico y funcional del paciente, los hábitos alimentarios, el nivel de actividad física, los antecedentes familiares, el estado emocional y la presencia de enfermedades asociadas como diabetes, hipertensión arterial o apnea del sueño.

En los casos en los que se sospecha afectación hepática, pueden indicarse pruebas de imagen como la ecografía abdominal o la elastografía hepática, con el objetivo de detectar la presencia de hígado graso o valorar el grado de fibrosis.

Diagnosticar la obesidad no consiste únicamente en constatar un exceso de peso, sino en analizar cómo la acumulación de grasa está influyendo en la salud general y qué riesgos conlleva. Un diagnóstico adecuado permite establecer un plan terapéutico individualizado, que puede incluir cambios en la alimentación, aumento de la actividad física, apoyo psicológico, tratamiento farmacológico o, en situaciones concretas, cirugía bariátrica. Detectar y tratar la obesidad de forma precoz mejora la calidad de vida y reduce el riesgo de complicaciones a medio y largo plazo.

Tratamiento

La obesidad es una enfermedad crónica, recurrente y de origen multifactorial, por lo que debe tratarse de forma continuada y estructurada. Cuando el IMC es igual o superior a 30 kg/m², el riesgo de desarrollar enfermedades asociadas aumenta de manera notable. Entre estas comorbilidades se incluyen la diabetes mellitus tipo 2, la hipertensión arterial, la apnea del sueño, las enfermedades cardiovasculares y determinados tipos de cáncer. Existe una relación directa entre el grado de exceso de peso y el riesgo de padecer estas patologías: cuanto mayor es el exceso de peso, mayor es la probabilidad de complicaciones. Por este motivo, alcanzar y mantener un peso saludable es un objetivo fundamental para preservar la salud a largo plazo.

El abordaje terapéutico de la obesidad debe ser individualizado y realizarse preferentemente en el marco de una Unidad Multidisciplinar, en la que participen profesionales de distintas áreas como nutrición, psicología y medicina. Este enfoque integral permite adaptar el tratamiento a las características, necesidades y circunstancias de cada paciente.

Las guías clínicas actuales (AACE 2023, ADA 2024 y EASO 2023) recomiendan combinar diferentes estrategias terapéuticas —conductuales, farmacológicas, endoscópicas o quirúrgicas— en función del grado de obesidad y de la presencia de enfermedades asociadas.

Tratamiento conductual

La base del tratamiento de la obesidad es la modificación del estilo de vida. Esto incluye mejorar los hábitos alimentarios, aumentar la actividad física y contar con apoyo psicológico. Numerosos estudios han demostrado que los pacientes que realizan un seguimiento regular con dietistas y psicólogos especializados logran mejores resultados y una mayor adherencia al tratamiento a largo plazo.

En cuanto a la alimentación, se recomiendan dietas hipocalóricas personalizadas, generalmente entre 1200 y 1500 kcal al día, basadas en patrones saludables como la dieta mediterránea o la dieta DASH. Estas pautas priorizan el consumo de hidratos de carbono complejos, grasas saludables —limitando las grasas saturadas— y una ingesta adecuada de proteínas. Asimismo, es fundamental asegurar una correcta hidratación, con un consumo diario de líquidos superior a 1,5 litros.

La actividad física desempeña un papel clave y debe adaptarse a la edad, condición física y posibles limitaciones de cada persona. De forma general, se aconseja realizar entre 150 y 300 minutos semanales de ejercicio aeróbico de intensidad moderada, complementado con ejercicios de fortalecimiento muscular.

El apoyo psicológico es otro pilar esencial del tratamiento. Suele basarse en terapia cognitivo-conductual, tanto individual como grupal, y se centra en reforzar la motivación, mejorar la adherencia al tratamiento, manejar la ansiedad y trabajar la relación con la comida y la imagen corporal.

A pesar de ello, en muchos casos estas medidas no son suficientes para lograr una pérdida de peso significativa o sostenida. En estas situaciones, es necesario complementar el tratamiento con otras opciones terapéuticas. Existen distintos escalones de intervención que se seleccionan según el IMC, las comorbilidades y la respuesta previa al tratamiento, siempre valorando de forma individualizada y comenzando, en la medida de lo posible, por las opciones menos invasivas.

Tratamiento farmacológico

Cuando las intervenciones sobre el estilo de vida no alcanzan los objetivos deseados, se puede considerar el uso de tratamiento farmacológico. Este está indicado generalmente en personas con un IMC igual o superior a 30 kg/m², o a partir de 27 kg/m² si existen enfermedades asociadas.

En los últimos años, la aparición de nuevos fármacos ha supuesto un avance muy relevante en el tratamiento de la obesidad. Destacan los agonistas del receptor del GLP-1, como la semaglutida, y más recientemente la tirzepatida, que actúa sobre los receptores GIP y GLP-1. Estos medicamentos han demostrado una eficacia claramente superior a las terapias previas, logrando reducciones de peso mantenidas en el tiempo que, en algunos casos, superan el 15–20% del peso corporal. Sus resultados pueden ser comparables a los obtenidos con técnicas endoscópicas e incluso con algunos procedimientos quirúrgicos.

A pesar de los avances logrados en el tratamiento farmacológico de la obesidad, estos medicamentos presentan una serie de limitaciones que deben tenerse en cuenta antes de su indicación.

Entre los efectos adversos más frecuentes se encuentran los de tipo gastrointestinal, como náuseas, vómitos, estreñimiento o empeoramiento del reflujo, que en algunos pacientes pueden dificultar la continuidad del tratamiento. Asimismo, si el uso de estos fármacos no se acompaña de un plan adecuado de ejercicio físico y de una ingesta suficiente de proteínas, existe el riesgo de pérdida de masa muscular durante la reducción de peso.

Otro aspecto relevante es la tendencia a recuperar peso tras la suspensión del tratamiento, fenómeno descrito incluso en ensayos clínicos controlados, lo que plantea la necesidad de tratamientos prolongados o mantenidos en el tiempo para conservar los beneficios obtenidos. A ello se suma el elevado coste económico de estas terapias, que en muchos casos no está cubierto por los sistemas públicos de salud, limitando su accesibilidad para una parte importante de la población.

También se han planteado debates éticos en relación con su uso extendido en personas sin enfermedades asociadas relevantes, especialmente en casos de sobrepeso leve o cuando la indicación responde principalmente a motivos estéticos.

Además, algunos especialistas advierten que el uso creciente de fármacos podría favorecer una “medicalización del sobrepeso”, relegando a un segundo plano las intervenciones sobre el estilo de vida, que continúan siendo la base del tratamiento. Por este motivo, las guías clínicas coinciden en que la farmacoterapia debe formar parte de un abordaje integral y multidisciplinar, y no considerarse una solución aislada.

A esto se suma la incertidumbre sobre los posibles efectos secundarios a largo plazo y la frecuencia del llamado “efecto rebote” tras interrumpir el tratamiento, lo que refuerza aún más la importancia de trabajar de forma continuada sobre los hábitos de vida saludables como pilar fundamental del manejo de la obesidad.

A continuación, se resumen en una tabla los principales fármacos actualmente disponibles para el tratamiento de la obesidad. No obstante, este campo se encuentra en constante evolución y es previsible que en los próximos años se incorporen nuevas opciones terapéuticas.

Principales fármacos utilizados en el tratamiento de la obesidad

Fármaco

Mecanismo de acción

Pérdida media de peso total

Comentarios

Semaglutida 2,4 mg

Agonista del receptor GLP-1

15–18%

Alta eficacia; aprobado por FDA y EMA para el tratamiento de la obesidad

Tirzepatida (pendiente de aprobación en Europa)

Agonista dual GIP/GLP-1

>20%

Resultados superiores a semaglutida en estudios SURMOUNT

Naltrexona / Bupropión

Modulación del apetito

5–9%

Efecto moderado; puede ser útil en pacientes con TCA o fumadores

Orlistat

Inhibidor de la lipasa intestinal

3–5%

Eficacia limitada; uso cada vez menos frecuente

Tratamientos endoscópicos

En los últimos años se han desarrollado diferentes técnicas endoscópicas para el tratamiento de la obesidad que se realizan por vía oral, sin necesidad de incisiones quirúrgicas. Estas intervenciones son menos invasivas, presentan una menor tasa de complicaciones y, en general, resultan más coste-efectivas que la cirugía. Los mejores resultados se obtienen cuando se combinan con cambios sostenidos en los hábitos alimentarios y el estilo de vida.

Este tipo de procedimientos ha adquirido un papel cada vez más relevante dentro del abordaje terapéutico de la obesidad. Están indicados principalmente en personas con un IMC entre 30 y 40 kg/m², así como en pacientes con obesidad más severa que no desean o no son candidatos a cirugía bariátrica.

Con el objetivo de garantizar la seguridad y la eficacia de estas técnicas, el Grupo Español de Trabajo para el Tratamiento Endoscópico del Metabolismo y la Obesidad (GETTEMO), integrado en la Sociedad Española de Endoscopia Digestiva, ha elaborado un documento de consenso que establece los criterios mínimos necesarios para su correcta aplicación clínica. A continuación, se describen los principales procedimientos endoscópicos disponibles en la actualidad y su utilidad práctica.

Métodos restrictivos endoscópicos temporales

Balones intragástricos (BIG). El balón intragástrico es una de las herramientas endoscópicas más consolidadas en el tratamiento de la obesidad. Se introduce por la boca mediante endoscopia y, una vez colocado en el estómago, se rellena con suero salino teñido con azul de metileno, lo que permite detectar de forma precoz una posible rotura del dispositivo.

El balón permanece en el estómago durante un periodo de entre 6 y 12 meses y permite alcanzar una pérdida media de peso del 10–13%. Se trata de una técnica con un alto perfil de seguridad, con una tasa de complicaciones inferior al 1%. Los efectos secundarios más habituales suelen ser leves y transitorios, especialmente en los primeros días tras la colocación, e incluyen náuseas, vómitos y molestias abdominales, que generalmente se controlan con tratamiento médico.

Entre sus principales ventajas destacan su carácter mínimamente invasivo y su reversibilidad. No obstante, como ocurre con cualquier tratamiento para la obesidad, es imprescindible un seguimiento nutricional y psicológico durante todo el periodo de implantación.

Inyección de sustancias por vía endoscópica

Inyección intragástrica de toxina botulínica. La toxina botulínica produce una parálisis muscular localizada. Su aplicación en el estómago busca disminuir la motilidad gástrica y retrasar el vaciamiento, lo que teóricamente favorece la sensación de saciedad precoz. Sin embargo, se trata de una técnica experimental, con resultados limitados y una pérdida de peso inferior al 5%, de duración corta (entre 3 y 6 meses).

Dado que no se ha demostrado un beneficio sostenido, su uso no está recomendado fuera de ensayos clínicos ni como tratamiento estándar, salvo en situaciones muy concretas como técnica puente tras la retirada de un balón intragástrico.

Sistemas de sutura endoscópica

Gastroplastia endoscópica en manga (Endoscopic Sleeve Gastroplasty, ESG – sistema Apollo®) Este procedimiento consiste en la realización de suturas longitudinales en la pared del estómago mediante endoscopia, reduciendo su volumen y simulando el efecto de la manga gástrica quirúrgica, pero sin resección de tejido.

Está indicado en pacientes con IMC entre 30 y 40 kg/m² sin cirugía bariátrica previa, así como en personas con IMC superior que rechazan la cirugía. Se ha demostrado que es una técnica segura, reproducible y eficaz, con una pérdida media de peso del 15–20%. La tasa de complicaciones graves es baja (inferior al 2%) y los efectos adversos más frecuentes incluyen dolor abdominal leve, náuseas o pequeños sangrados en el postoperatorio inmediato, que suelen resolverse con tratamiento conservador.

Se trata de un procedimiento reversible y que puede repetirse en caso de pérdida de eficacia con el tiempo.

Método POSE (Primary Obesity Surgery Endolumenal). El método POSE utiliza suturas endoscópicas para crear pliegues en el estómago, disminuyendo su capacidad de distensión y favoreciendo una sensación temprana de saciedad. La primera versión de esta técnica (POSE 1.0) ha quedado prácticamente en desuso debido a resultados limitados.

La versión más reciente (POSE 2.0) incorpora modificaciones técnicas enfocadas principalmente en el cuerpo gástrico y ha mostrado mejores resultados. Está indicada en pacientes con IMC entre 30 y 40 kg/m², sin antecedentes de cirugía bariátrica, o en pacientes con IMC superior que rechazan la cirugía. El procedimiento suele durar alrededor de 40 minutos y se realiza bajo anestesia general.

Presenta un perfil de seguridad muy elevado, con una tasa de complicaciones inferior al 1%, siendo el sangrado la complicación más frecuente, generalmente leve y autolimitada. La pérdida de peso total media se sitúa entre el 15 y el 18%.

Sistemas malabsortivos

EndoBarrier®. El EndoBarrier® es un dispositivo endoscópico que se ancla en el bulbo duodenal y actúa como un bypass intestinal endoluminal temporal, con una duración de hasta 12 meses. Ha mostrado especial utilidad en pacientes con obesidad y diabetes tipo 2 mal controlada.

Actualmente, su uso se encuentra en fase de reevaluación en Europa tras una retirada temporal relacionada con complicaciones hepáticas, y está siendo valorado en estudios multicéntricos europeos.

Otros procedimientos

Método ASPIRE. Consiste en un sistema de gastrostomía que permite el vaciado parcial del contenido gástrico tras las comidas. Su uso ha sido abandonado en muchos países debido a su baja aceptación y a las controversias éticas asociadas, por lo que no se recomienda en la práctica clínica actual.

Plenity® Se trata de un hidrogel oral aprobado en Estados Unidos, que actúa aumentando la sensación de saciedad. Está indicado en personas con IMC entre 25 y 40 kg/m² y produce una pérdida de peso modesta, cercana al 5%. No se absorbe a nivel sistémico.

Dispositivos de estimulación eléctrica gástrica. Estas técnicas se encuentran aún en fase experimental y su papel en el tratamiento de la obesidad está pendiente de definir.

Tratamiento quirúrgico

La cirugía bariátrica, que incluye procedimientos como la manga gástrica y el bypass gástrico, es actualmente la opción terapéutica más eficaz a largo plazo para el tratamiento de la obesidad severa. Está indicada principalmente en personas con un IMC superior a 40 kg/m² o a partir de 35 kg/m² cuando existen enfermedades asociadas. Diversos estudios han demostrado que, además de lograr una pérdida de peso significativa y sostenida, esta intervención puede mejorar de forma notable o incluso revertir comorbilidades como la diabetes tipo 2, la hipertensión arterial y la apnea del sueño, así como reducir la mortalidad a largo plazo.

Sin embargo, se trata de un tratamiento más invasivo que otras opciones disponibles y no está exento de riesgos. La tasa global de complicaciones graves tras cirugía bariátrica se sitúa aproximadamente entre el 2 y el 6%, dependiendo del tipo de técnica empleada y de la experiencia del centro quirúrgico. Entre las posibles complicaciones se incluyen fugas en las suturas, sangrados, estrechamientos del tubo digestivo, eventos tromboembólicos y déficits nutricionales que pueden aparecer a largo plazo. La mortalidad asociada al procedimiento es baja, situándose entre el 0,1 y el 0,5% cuando la cirugía se realiza en centros con amplia experiencia.

A pesar de estos riesgos, la cirugía bariátrica continúa siendo la alternativa con mayor impacto duradero tanto en la reducción de peso como en la mejoría de las enfermedades asociadas a la obesidad. Por este motivo, debe considerarse como una opción de primera línea en pacientes con obesidad grave, siempre dentro de un programa estructurado que incluya educación nutricional, apoyo psicológico y un seguimiento médico prolongado.

Algoritmo terapéutico orientativo según el IMC

IMC

Tratamiento recomendado

25–27 con comorbilidades

Cambios en la alimentación, aumento de la actividad física y tratamiento farmacológico

30–35

Modificación del estilo de vida y tratamiento farmacológico, con posibilidad de técnicas endoscópicas

>35 con comorbilidades / >40

Cirugía bariátrica, con o sin tratamiento endoscópico como estrategia previa

Complicaciones digestivas de la obesidad

La obesidad no solo se asocia a enfermedades metabólicas y cardiovasculares, sino que también tiene un impacto directo sobre el aparato digestivo. El exceso de grasa corporal incrementa el riesgo de desarrollar diversas patologías digestivas, entre ellas el reflujo gastroesofágico, la enfermedad hepática metabólica, la litiasis biliar, la diverticulosis y distintos tipos de cáncer del sistema digestivo.

Reflujo gastroesofágico y adenocarcinoma esofágico

La obesidad, especialmente cuando la grasa se acumula en la región abdominal, constituye uno de los principales factores de riesgo independientes para la enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE). El aumento de la presión dentro del abdomen favorece el paso del contenido ácido del estómago hacia el esófago, lo que puede provocar inflamación de su mucosa.

Esta situación facilita la aparición de esofagitis y hernia de hiato y, cuando el reflujo se mantiene en el tiempo, puede dar lugar al esófago de Barrett, una lesión precancerosa. Diferentes estudios han demostrado que las personas con obesidad presentan un riesgo entre dos y cuatro veces mayor de desarrollar adenocarcinoma de esófago en comparación con individuos de peso normal, riesgo que puede ser aún mayor en casos de obesidad severa.

Trastornos funcionales digestivos

Los trastornos funcionales del aparato digestivo, como el síndrome del intestino irritable, la dispepsia funcional o la distensión abdominal persistente, son más frecuentes en personas con obesidad. Aunque no se detectan alteraciones estructurales visibles, estos cuadros generan un impacto significativo en la calidad de vida, con síntomas como dolor abdominal, gases, hinchazón y cambios en el ritmo intestinal.

Entre los posibles mecanismos implicados se encuentran la obesidad abdominal, la inflamación crónica de bajo grado, las alteraciones de la microbiota intestinal y el mayor estrés psicológico, factores que pueden influir de forma conjunta en la aparición y persistencia de estos síntomas.

Enfermedad hepática metabólica y cirrosis

La obesidad es la causa más habitual de enfermedad hepática metabólica, anteriormente conocida como hígado graso no alcohólico. Esta afección puede evolucionar desde una simple acumulación de grasa en el hígado hacia formas más graves como la esteatohepatitis, la fibrosis, la cirrosis e incluso el carcinoma hepatocelular.

Se estima que una gran proporción de las personas con obesidad mórbida presenta algún grado de afectación hepática. La combinación de depósito graso, inflamación persistente y alteraciones metabólicas ha convertido a la enfermedad hepática metabólica en una de las principales causas emergentes de enfermedad hepática avanzada y de necesidad de trasplante hepático en Europa y Estados Unidos.

Litiasis biliar

Las personas con obesidad tienen una mayor probabilidad de desarrollar cálculos en la vesícula biliar. Esto se debe, en parte, a un aumento del colesterol en la bilis y a una disminución de la contractilidad de la vesícula. Además, las pérdidas de peso rápidas y pronunciadas, que pueden producirse tras tratamientos médicos, endoscópicos o quirúrgicos, también incrementan el riesgo de formación de cálculos biliares.

Pancreatitis

La obesidad, especialmente cuando se acompaña de niveles elevados de triglicéridos en sangre, constituye un factor de riesgo relevante para la aparición de pancreatitis aguda y crónica. En estos pacientes, la inflamación del páncreas suele ser más intensa y se asocia a un mayor riesgo de complicaciones, estancias hospitalarias prolongadas e incluso aumento de la mortalidad.

Además, investigaciones recientes sugieren una posible relación entre la obesidad y la esteatosis pancreática, una acumulación anormal de grasa en el páncreas que podría contribuir al deterioro progresivo de su función tanto exocrina como endocrina.

Diverticulosis

La obesidad, sobre todo cuando se combina con sedentarismo y una alimentación pobre en fibra, se relaciona con una mayor prevalencia de diverticulosis del colon y con un riesgo aumentado de desarrollar diverticulitis aguda. En los casos más graves, estas complicaciones pueden evolucionar hacia perforaciones intestinales, formación de abscesos y necesidad de tratamiento quirúrgico.

Cáncer digestivo: la obesidad como factor de riesgo

Existe una sólida evidencia que vincula la obesidad con un mayor riesgo de distintos tipos de cáncer digestivo, entre ellos el cáncer de esófago, hígado, vesícula biliar, páncreas, colon y recto. Mecanismos como la resistencia a la insulina, la inflamación crónica, las alteraciones hormonales y los cambios en la microbiota intestinal favorecen la proliferación celular y el desarrollo de tumores malignos.

Contenido original y actualizado en 2025 por: 

Dra. Mileidis San Juan-min

Dra. Mileidis San Juan Acosta

Hospital Universitario Nuestra Señora de la Candelaria, Tenerife

Dra. Cristina Carretero-min

Dra. Cristina Carretero Ribón

Cínica Universitaria de Navarra

Dr. Francisco García Fernández-min

Dr. Francisco José García Fernández

Hospital Universitario Virgen del Rocío, Sevilla

Dra. Pilar Esteban-min

Dra. Pilar Esteban

Médico especialista Ap. Digestivo. Nutrición clínica Hospital General Universitario Morales Meseguer, Murcia

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